• Fake News

    Hace tiempo decidí hacerme un favor: dejar de usar las redes sociales como muro de quejas. Porque, seamos honestos, nada más desgastante que abrir la app y encontrarte con un desfile de reclamos, indirectas y discursos que no cambian nada.

    En su lugar, opté por algo más saludable: actuar. Hacer pequeñas cosas que, aunque no tengan likes ni stories de 24 horas, sí generan un cambio en la gente que me rodea. Al final, eso tiene más impacto en mi vida que cualquier “post” incendiario.

    Pero claro… nada es tan sencillo. En este mundo hiperconectado, parecería que si no lo publicas, no existe. Que si no subes tu “acción buena del día” con filtro cálido y hashtag reflexivo, entonces no hiciste nada. Y eso, francamente, es preocupante.

    La bipolaridad digital

    ¿Cuántas veces nos ha pasado? Esa persona que en la vida real nos parece encantadora, pero en redes no la soportamos. O al revés: alguien que escribe como gurú iluminado, pero en persona no te devuelve ni un “buenos días”. Esa disonancia digital debe ser agotadora. ¿Será que estamos entrenando personalidades paralelas y no nos hemos dado cuenta?

    El riesgo de las fake news personales

    Las redes sociales no son el enemigo. Bien usadas, nos acercan, nos informan y nos conectan con el mundo de maneras maravillosas. Pero también tienen un lado oscuro: el riesgo de convertirnos en portavoces de información falsa… o peor aún, de usar nuestros perfiles como escenario para proyectar frustraciones y miedos.

    Y ahí es cuando dejamos de ser auténticos y empezamos a parecernos más a una “fake news” con patas.

    La congruencia como filtro

    No se trata de abandonar las redes ni de volvernos ermitaños digitales. Se trata de algo más simple y más complejo a la vez: congruencia.

    Que lo que posteamos refleje lo que vivimos.

    Que lo que decimos también lo practiquemos.

    Que lo que mostramos en línea tenga eco en la vida real.

    Porque, al final, no somos likes ni algoritmos. Somos personas de carne y hueso, con historias, contradicciones y realidades que no caben en un feed.

    La invitación

    Si tienes algo que decir, dilo.

    Si viste algo que te inspira, compártelo.

    Si comiste algo delicioso, súbelo (con o sin filtro, tú decides).

    Pero recuerda: lo importante es que en tu vida real también exista lo que posteas. De lo contrario, corres el riesgo de ser eso que todos odiamos leer… una “fake news” más.

    Mariana C.

  • No somos perfectos. Y está bien.

    Vivimos en un mundo que nos pide excelencia 24/7:

    Sé el empleado estrella, la mamá paciente, la pareja perfecta, la hija ejemplar, la amiga incondicional, la fit girl que desayuna smoothie verde y la ejecutiva que siempre está lista para la junta de las 8 am (sin ojeras, obvio).

    El problema es que entre tanta exigencia, aparece un monstruo silencioso que a todos nos muerde alguna vez: sentirse insuficiente.

    Porque seamos honestos: probablemente jamás tendremos el abdomen de portada de revista (y está bien), ni seremos la mamá que nunca grita, ni la pareja que siempre sabe qué decir, ni la persona que cocina saludable los siete días de la semana. Y mucho menos tendremos la carrera perfecta, el clóset perfecto o la vida perfectamente equilibrada.

    Y aquí va la verdad que nadie nos dice en Instagram: no pasa nada.

    Spoiler: nadie es perfecto

    Ni la mamá más zen evita perder la paciencia un martes cualquiera.

    Ni la más healthy se salva de una hamburguesa bañada en queso (y papas extras, gracias).

    Ni la ejecutiva más organizada ignora la idea de renunciar mientras se encierra en el baño a respirar profundo.

    Todos, absolutamente todos, tenemos días de quiebre. Solo que en un mundo lleno de filtros, likes y “stories”, parece que eso no existe.

    El show de las apariencias

    Nos hemos acostumbrado a creer que la gente es lo que publica. Pero la vida real empieza cuando cerramos la app y azotamos la puerta de la casa para aventar los tacones en la sala. Nadie sube esas escenas, aunque ahí es donde de verdad somos.

    Y ojo: no es un “problema de millennials” ni de adolescentes en busca de identidad. Es algo que nos atraviesa a todos: grandes, chicos, boomers, centennials, godínez y hasta tías de WhatsApp.

    Porque sí, todos quisiéramos ser Angelina Jolie con hijos perfectos y un matrimonio de portada… pero ya vimos cómo acabó esa historia.

    La dosis de realidad (y la buena noticia)

    La vida diaria se encarga de recordarnos que la perfección no existe. Pero eso no debería llevarnos a creer que no somos suficientes. Porque lo somos. Siempre lo hemos sido.

    Suficientes para nuestros hijos aunque nos vean pedir pizza tres veces por semana.

    Suficientes para nuestros amigos aunque no contestemos el chat al instante.

    Suficientes para nuestros sueños, aunque no salgan en orden ni en el tiempo que planeamos.

    Y, sobre todo, suficientes para nosotros mismos.

    La invitación

    Dejemos de buscar la validación afuera. La verdadera pausa llega cuando entendemos que lo único que necesitamos es reconocernos, abrazarnos y decirnos:

    “No seré perfecto… pero soy suficiente.”

    Mariana C.

  • El tiempo (o la excusa perfecta que nos contamos)

    Un amigo mío tiene una frase que me encanta: “Más vale llegar media hora antes que un segundo después.” Y sí, la vida es así. Aunque seamos honestos: llegar media hora antes también significa esperar, y a nadie le gusta esperar (salvo que haya botanita de por medio).

    La verdad es que tenemos una manía: esperar al momento perfecto.

    Esperamos el día exacto para casarnos, el año ideal para tener hijos, la edad justa para cambiar de trabajo o el sueldo soñado para hacer ese viaje que llevamos planeando desde hace diez años.

    Y sorpresa: el momento perfecto no existe.

    Nunca llega.

    Porque no está bajo nuestro control.

    Como dice el dicho: “Dios se está riendo de tus planes”… y probablemente también de tus excusas.

    El tiempo como pretexto

    El tiempo es maravilloso, pero también es el pretexto más elegante que conocemos para no tomar decisiones. Nos contamos historias como: “cuando todo esté más tranquilo”, “cuando ahorre un poco más”, “cuando tenga la señal perfecta del universo”.

    En realidad, lo que hay detrás de esa espera no siempre es prudencia, sino miedo, culpa y la necesidad de complacer a los demás. Porque claro, el trabajo que quieres no siempre es el que los otros aplauden, la pareja que eliges no siempre es la que tu mamá imagina, y no te casas porque todavía no tienes la casa, el coche, el perro y el crédito hipotecario.

    Mientras tanto, la vida sigue pasando y nosotros seguimos posponiendo.

    La ilusión del control

    Creemos que cuando tengamos todo “bajo control” entonces sí podremos dar el paso. Pero la vida no funciona así. Nunca está todo bajo control. Ni siquiera cuando creemos que lo está.

    Es como querer empezar la dieta el lunes… y resulta que el lunes es feriado, luego martes de tacos, miércoles de pizza y jueves ya ni se diga. La vida no espera a que tengamos controlada la agenda.

    El momento es ahora

    La realidad es más simple (y más brutal): el tiempo que tenemos es hoy. Actuar ahora, aunque sea con miedo, aunque no esté todo alineado. Porque quizá mañana sea demasiado tarde.

    No se trata de vivir con prisa ni de hacer todo de golpe. Se trata de dejar de postergar lo que nuestro corazón ya sabe que quiere. De atrevernos a elegir el trabajo, la relación, el viaje, la locura, la terapia.

    El tiempo siempre será relativo, pero nuestra capacidad de decidir no debería serlo.

    La invitación

    El momento perfecto no se encuentra: se construye en el presente.

    Así que, la próxima vez que quieras esperar “a que se den las condiciones”, recuerda esto: lo único que de verdad tienes asegurado es este instante.

    Y eso, amigos, es más que suficiente.

    Mariana C.

  • Todos esos locos que llamamos amigos

    Dicen —y con razón— que las verdaderas amistades se cuentan con los dedos de una mano… y con mucha suerte, con los de las dos. Y no se preocupen, que si alguien dice que tiene cientos de amigos, seguro está confundiendo a sus contactos de Facebook con la realidad.

    La verdad es que en los momentos más inciertos, muchos de esos “amigos” se evaporan como mensajes de Snapchat: aparecen, se asoman y desaparecen sin dejar rastro. O peor, regresan solo para preguntar con tono de chisme, dar opiniones no solicitadas o emitir juicios dignos de un jurado de reality show.

    Pero también ocurre la otra cara de la moneda: de pronto, y muchas veces de donde menos lo esperas, aparecen ángeles disfrazados de amigos.

    Esa gente que te agarra de la mano (o del pelo, si es necesario) y te saca volando del pozo emocional en el que estabas cayendo. Esa gente se convierte en tu fuerza, en tu sostén, en tu equipo de primeros auxilios para sobrevivir a las pruebas más absurdas y dolorosas que te pone la vida.

    El club de la carcajada y la catarsis

    Porque, seamos sinceros, un buen grupo de amigos funciona como un centro de rehabilitación improvisado: te enojas, lloras, te ríes, te vuelves a enojar… y terminas llorando de risa por algo que ni siquiera tenía sentido. Cada una de esas carcajadas y desahogos va llenando de nuevo ese espacio vacío que dejó alguien o algo que se fue.

    A veces basta con una cena, una llamada, un mensaje de “¿andas despierta?” a la 1:47 am o simplemente alguien sentado a tu lado mientras te desmoronas, para que el peor día de tu vida se convierta en un día más soportable.

    La paciencia infinita de la amistad

    ¿Saben cuántas llamadas inoportunas he hecho a horas indecentes? Muchas.

    ¿Saben cuántas veces he contado la misma historia, con distintos tonos dramáticos, como si fuera la primera vez? Incontables.

    Y ahí estaban ellos: contestando, escuchando, resolviendo el mundo conmigo mientras bebíamos vino tinto (a veces a distancia, con la copa en mano frente a Zoom, como buenas sobrevivientes de pandemia). Nunca recibí un “ya bájale”, ni un “mejor busca terapia”, aunque probablemente lo pensaron más de una vez.

    La amistad es así: una mezcla de paciencia, amor y la capacidad de escuchar tus desvaríos por enésima vez como si fueran una novedad.

    El verdadero lujo de la vida

    Amigos , son ese lujo que no se compra ni con descuentos del Buen Fin. Son los que te recuerdan quién eres cuando se te olvida, los que se ríen contigo incluso cuando el chiste es pésimo, los que te dan un “no” cuando lo necesitas aunque no lo quieras oír, y los que aparecen con pizza o helado justo el día en que lo único que querías era encerrarte a llorar.

    Ellos son, sin duda, el verdadero patrimonio emocional de nuestra vida.

    A mis amigos, hoy, con pausa y gratitud, dedico estas palabras a quienes me han sostenido, acompañado, sacado carcajadas en los peores días y brindado un amor que no caduca.

    Quizás nunca serán del todo conscientes del papel fundamental que juegan en mi vida, pero cada palabra, cada risa y cada desvelo compartido se quedó grabado en mi corazón.

    A todos esos amigos que se convierten en familia elegida: gracias infinitas, siempre.

    Mariana C.

  • El arte de decir NO

    Crecer está lleno de “no”.

    —¿Puedo ir al cine? No.

    —¿Puedo subirme al árbol? No.

    —¿Puedo hacerme un piercing? No.

    La mayoría de nosotros escuchamos tantos “no” en la infancia que terminamos asociando esa palabra con limitación, represión o castigo. Nos enseñaron que el “no” es un muro que frena nuestra libertad, cuando en realidad muchas veces fue un escudo, una forma de cuidado y de protección.

    El problema es que esa connotación negativa se queda guardada. Y así llegamos a la adultez con una relación distorsionada con el “no”: lo evitamos, lo disfrazamos, lo dejamos para después. Decir “no” se vuelve sinónimo de decepcionar, rechazar o hacer sentir mal al otro. Y entonces, en lugar de poner límites, preferimos regalarnos —nuestro tiempo, nuestra energía, nuestra calma— solo para no incomodar a los demás.

    El “no” que protege

    Con los años, descubrimos que esos “no” que tanto odiábamos eran necesarios. Que a veces poner un límite salva, ordena y da paz. El “no” puede ser un freno, sí, pero un freno que evita choques, que cuida de nosotros y que nos recuerda que no podemos con todo ni con todos.

    Decir “sí” siempre suena más bonito, más fácil, más amable. Pero vivir diciendo que sí a todo es como ir cediendo pedacitos de nosotros mismos hasta quedarnos vacíos. El “no” es el lugar desde el cual cuidamos nuestra dignidad, nuestro descanso, nuestra claridad.

    El arte de decirlo

    Como todo en la vida, aprender a decir “no” es un arte. Y como arte, requiere práctica, sutileza y elegancia. No siempre se trata de soltar un “no” seco y duro. A veces basta con un “gracias, pero no puedo en este momento”, o con un “no, porque necesito descansar”, o simplemente con un silencio que también marca un límite.

    Lo importante es entender que decir “no” no nos hace malos, egoístas o insensibles. Nos hace conscientes de nuestra humanidad, de nuestra capacidad de decidir, de nuestro derecho a elegir cómo queremos usar nuestro tiempo y nuestra energía.

    La invitación

    Tenemos derecho a decir que sí, pero también —y con la misma fuerza— a decir que no. Porque cada vez que lo hacemos de manera consciente, lo que en realidad estamos diciendo es: me respeto, me cuido y me elijo.

    Y esa, quizá, es una de las formas más bellas de vivir en pausa.

    Mariana C.

  • Silencio

    Autos, notificaciones, juntas de Zoom, mensajes, redes sociales, cuentas por pagar, noticias, pendientes, memes, compromisos, más redes, más pendientes… vivimos rodeados de estímulos que no se detienen nunca. Y aunque muchos de ellos no hacen ruido en el sentido literal, todos producen algo mucho más agotador: ruido mental.

    Ese ruido que no te deja pensar con claridad.

    El que te despierta a las tres de la mañana con la mente corriendo entre preocupaciones y listas de cosas por hacer.

    El que te hace sentir que estás en mil cosas a la vez, pero que en realidad no avanzas en ninguna.

    El ruido confunde, complica, desgasta. Nos aleja de lo esencial.

    El ruido que no se ve

    El ruido interno es aún más dañino que el externo porque nos desconecta de lo que realmente importa: nuestros sueños, nuestras ideas, nuestras corazonadas. Y, aunque lo olvidemos, todas esas corazonadas son reales.

    Un estudio de la Universidad de Toronto publicado en Journal of Experimental Psychology: General reveló que el corazón late distinto al momento de tomar decisiones, y que su ritmo cambia según si la decisión es correcta o no. Es decir: el cuerpo sabe antes que la mente.

    Lo curioso es que esta sabiduría siempre ha estado ahí, pero la hemos ido silenciando con tanto ruido externo.

    Recordar lo que ya sabíamos

    De niños lo entendíamos mejor. El cuerpo nos hablaba con claridad:

    El hoyo en el estómago cuando hacías algo a escondidas de tus padres. El nudo en la garganta antes de un regaño. El cosquilleo antes de un examen. Las mariposas en el primer beso.

    El cuerpo siempre habla. Solo que ahora nos cuesta escucharlo.

    Volver al silencio

    Cuando callamos el ruido externo, incluso por unos minutos, abrimos espacio para conectar con esa sabiduría interna que nunca se fue. Escuchar al cuerpo nos ayuda a regular emociones, a tomar mejores decisiones y a confiar en nuestra intuición como guía para los caminos inciertos de la vida.

    El silencio no es ausencia: es presencia. Es la posibilidad de entrar en contacto con lo que sentimos, con lo que sabemos y con lo que somos.

    La invitación

    No necesitas horas. Basta con unos minutos al día para cerrar los ojos, respirar y escuchar:

    ¿Cómo se siente mi cuerpo con esta decisión?

    ¿Dónde siento tensión? ¿Dónde siento calma?

    ¿Qué me está tratando de decir?

    Porque la sabiduría que tanto buscamos afuera ya la llevamos dentro. Solo necesitamos silencio para escucharla.

    Mariana C.

  • Ser luz en medio del caos

    Hace unos años, la escritora Elizabeth Gilbert relató una escena en un autobús urbano de Nueva York que parecía sacada de una película. El tráfico detenido, el cansancio y la rabia colectiva convertían aquel espacio en un lugar tenso, casi insoportable. Entonces, el conductor decidió hacer algo diferente: ofreció a cada pasajero la posibilidad de “dejarle” sus problemas al bajar, para después arrojarlos al río Hudson. Un gesto simple, casi simbólico, pero que transformó por completo la energía dentro del autobús.

    Ese día, ese hombre se convirtió en la luz en medio del caos. Y lo hizo con lo único que tenía a la mano: sus palabras, su presencia y la voluntad de aliviar a otros.

    La posibilidad de ser calma

    Vivimos en un mundo que constantemente nos reta: noticias abrumadoras, cargas personales que parecen no tener fin, incertidumbre, frustración y, a veces, una sensación de oscuridad que lo cubre todo. En ese contexto, puede surgir la pregunta: ¿qué puedo hacer yo para cambiar algo tan grande?

    La respuesta puede parecer pequeña, pero es profundamente poderosa: ser calma. Ser pausa. Ser luz.

    Una sonrisa genuina, un gesto amable, un “buenos días” dicho con sinceridad pueden parecer detalles sin importancia, pero tienen el poder de cambiar el curso de un día entero. No resolverán el tráfico ni acabarán con la violencia, pero sí pueden recordarle a alguien que aún existe humanidad en medio de la prisa y del ruido.

    Luz que no presume

    Ser luz no significa ser perfecto ni tener todas las respuestas. Mucho menos fingir optimismo forzado. Significa estar presente, con autenticidad, y ofrecer desde lo cotidiano un rayo de esperanza. Una calma en medio del caos.

    Ese conductor de autobús no era un líder famoso ni un gran orador. Era alguien común, que decidió hacer un acto extraordinario en un día ordinario. Eso es lo que lo volvió inolvidable.

    Encender la chispa

    Quizás no podemos solucionar los grandes problemas del mundo, pero sí tenemos influencia en los pequeños mundos que habitamos: la familia, los amigos, los colegas, incluso desconocidos con los que cruzamos miradas en un elevador o en un transporte público.

    Cada sonrisa, cada palabra amable, cada pausa consciente que regalamos puede convertirse en chispa. Una chispa que ilumine el día de alguien más, aunque nunca lo sepamos.

    La invitación

    Elizabeth Gilbert lo dice con claridad: “Creo que ésta es la única manera en que el mundo será iluminado, un brillante acto de gracia a la vez, hasta llegar al río.”

    El reto es atrevernos a encender esa luz, una y otra vez. Porque a veces, la única claridad que alguien encontrará en su día puede venir de nosotros.

    Mariana C.

  • ¿Por qué nos enamoramos de quien no debemos?

    De niños nos imaginamos un futuro lleno de certezas: la carrera soñada, la casa ideal, el viaje planeado, la vida “perfecta”. Y en medio de ese plan también diseñamos —sin saberlo— una idea de lo que debería ser el amor. Pero aquí está el detalle: esas ideas nacieron de lugares poco realistas.

    Nuestra “educación sentimental” se construyó con cuentos de princesas, novelas rosas y telenovelas mexicanas donde todo es drama, lágrimas y reconciliaciones espectaculares. Hoy las cosas no han cambiado tanto: seguimos viendo historias de amor editadas, pero ahora en TikTok, Netflix o reels. Todo parece perfecto… hasta que nos toca vivirlo en carne propia y descubrimos que la vida real no viene con guión ni final feliz garantizado.

    Y entonces llega la pregunta de siempre: ¿qué hicimos mal?

    La respuesta es compleja, pero hay patrones claros.

    El casting lo hacemos mal

    Muchos elegimos pareja con menos detalle que cuando pedimos un café en Starbucks. Si alguien nos habla bonito, ya sentimos que “es por ahí”. El problema es que la atracción inicial no siempre alcanza.

    Hay que conocer de verdad a la persona: de dónde viene, qué busca, qué sueña y si eso puede empatar con lo que queremos para nosotros. Si no, lo que empieza con mariposas termina en un “¿cómo acabé aquí?”.

    Inventarnos historias

    Otro error frecuente: inventarnos relaciones que no existen. Nos cegamos frente a red flags con frases tipo “pero tiene muchas cosas buenas”. Y aunque en el fondo sabemos que algo no está bien, preferimos justificar… hasta que la realidad nos alcanza. Fingir que no pasa nada nunca ha salvado a nadie de un corazón roto.

    La prisa no ayuda

    ¿Quién dijo que a la tercera cita hay que formalizar? ¿O que a los tres meses ya hay que hablar de boda?

    Cada relación tiene su ritmo, y apresurar las cosas rara vez termina bien. El amor necesita tiempo, paciencia y honestidad para crecer de manera sana.

    El verdadero reto empieza después

    Porque aunque hagamos “el casting perfecto”, la vida en pareja es mucho más que la emoción del inicio. Implica negociar espacios individuales y proyectos en común, lidiar con familias, dinero, celos, amistades y planes a futuro. Y sobre todo implica trabajar en nosotros mismos para no caer en la trampa de la codependencia o la toxicidad disfrazada de amor romántico.

    El aprendizaje detrás del caos

    Las relaciones amorosas son, probablemente, las más complicadas que viviremos. Y al mismo tiempo, las que más nos enseñan. Nos enfrentan con nuestras sombras, con nuestra necesidad de aprobación, con nuestros límites (o la falta de ellos).

    Enamorarnos de quien “no debemos” no siempre es un fracaso. A veces es una lección, un espejo y un recordatorio de que, antes de buscar al amor correcto, necesitamos construir una relación sana con la persona más importante de todas: nosotros mismos.

    Mariana C.

  • El gran dilema de ser adulto…

    Ser adulto no vino con contrato, manual de usuario ni términos y condiciones. Un día simplemente nos dimos cuenta de que ya no teníamos que pedir permiso para salir… pero a cambio llegaron las cuentas por pagar, las citas médicas, la renta, los seguros y un sinfín de responsabilidades que, seamos honestos, no siempre están padres.

    Y claro, siempre existe la tentación de seguir postergando la madurez: depender económica, emocional o incluso físicamente de alguien más. Pero si de verdad queremos llamarnos adultos —y más aún, adultos funcionales— necesitamos echar mano de nuestra inteligencia emocional para navegar lo bueno, lo regular y lo francamente incómodo que trae consigo la vida.

    Ser adulto implica aceptar que no todo lo que soñamos de niños se va a cumplir. Que la “vida perfecta” probablemente no exista. Que más bien se trata de aprender a amar nuestra imperfección y hacer las paces con ella.

    También significa reconocer que, aunque somos seres sociales, en el fondo estamos solos con nuestras decisiones. Y no, no es una tragedia: cuando se asume con madurez, puede ser profundamente liberador. Porque tomar las riendas de nuestra vida nos da algo que nadie más puede: la certeza de que lo que decidimos, con sus consecuencias, responde a nuestros propios deseos y no a los de alguien más.

    Eso no significa vivir aislados. Al contrario: la verdadera adultez consiste en tomar decisiones conscientes y libres que nos permitan construir relaciones sanas, con nosotros mismos y con los demás.

    La adultez no se estrena con una edad específica, se construye todos los días: cuando pagamos cuentas y lavamos platos, cuando nos levantamos temprano aunque no queramos, cuando nos rompemos el corazón y aprendemos a recomponerlo, cuando sabemos poner límites y también reconocer cuando los cruzamos, cuando comemos ensaladas toda la semana y luego dos hamburguesas con papas “porque sí”, cuando nos equivocamos, pedimos perdón, empezamos otra vez.

    Ser adulto es vivir entre lo práctico y lo emocional, entre lo que nos sostiene y lo que nos hace soñar. Es aprender que podemos elegir nuestras batallas, nuestras compañías y hasta nuestras suegras (a veces). Con hijos o sin ellos, con proyectos que quitan el sueño o con trabajos que pagan la renta, con dolores en lugares que ni conocíamos o con planes que nos llenan de ilusión.

    La adultez, en realidad, es conciencia. Es saber que la vida no está diseñada para ser fácil, pero sí para ser nuestra.

    ¿Le entras?

    Mariana C.

  • Vibrando alto. De verdad.

    “Vibrando alto” se ha convertido en una de esas frases que vemos en todos lados: en posts de Instagram, en tazas con frases motivacionales y hasta en reels con música zen de fondo. Y no, no es que esté mal —generar buena vibra es una de las cosas más productivas que podemos hacer—, pero vale la pena detenernos un momento y preguntarnos: ¿esa buena onda es real o solo la estamos fingiendo?

    Nos gusta creer que somos seres pensantes, pero en realidad somos seres emocionales que piensan. Y cuando entendemos esto, descubrimos algo simple: no podemos estar siempre felices, ni siempre enojados, ni siempre tristes. Nuestro estado de ánimo cambia porque quedarse fijo en uno solo es agotador.

    El problema aparece cuando caemos en los extremos: ser absurdamente positivos o profundamente negativos. Y sí, todos hemos estado ahí. Pero si somos honestos, ¿qué ganamos forzando emociones que ni nosotros mismos nos creemos? La respuesta es clara: nada.

    Vivimos en un mundo donde nos sentimos constantemente observados: cámaras, redes sociales, miradas ajenas. La tentación de fingir que “todo está bien” es enorme. Pero tal vez lo que necesitamos no es más performance, sino más autenticidad. Ser capaces de aceptar que la vida incluye brillo y sombras, mariposas en el estómago y basurita bajo el tapete.

    No se trata de ir mostrando nuestras miserias al mundo, pero tampoco de esconderlas detrás de filtros. Porque vibrar alto no significa negar lo que duele, sino integrar todo lo que somos. Saber con quién podemos soltar lo que pesa y cuándo elegir mostrarnos tal cual, sin tanto disfraz.

    Así que sí: vibremos alto. Pero vibremos en sintonía con la realidad, con lo que sentimos de verdad. Porque cuando el alma está triste, ni el mejor filtro de Instagram alcanza.

    Mariana C.