“Vibrando alto” se ha convertido en una de esas frases que vemos en todos lados: en posts de Instagram, en tazas con frases motivacionales y hasta en reels con música zen de fondo. Y no, no es que esté mal —generar buena vibra es una de las cosas más productivas que podemos hacer—, pero vale la pena detenernos un momento y preguntarnos: ¿esa buena onda es real o solo la estamos fingiendo?
Nos gusta creer que somos seres pensantes, pero en realidad somos seres emocionales que piensan. Y cuando entendemos esto, descubrimos algo simple: no podemos estar siempre felices, ni siempre enojados, ni siempre tristes. Nuestro estado de ánimo cambia porque quedarse fijo en uno solo es agotador.
El problema aparece cuando caemos en los extremos: ser absurdamente positivos o profundamente negativos. Y sí, todos hemos estado ahí. Pero si somos honestos, ¿qué ganamos forzando emociones que ni nosotros mismos nos creemos? La respuesta es clara: nada.
Vivimos en un mundo donde nos sentimos constantemente observados: cámaras, redes sociales, miradas ajenas. La tentación de fingir que “todo está bien” es enorme. Pero tal vez lo que necesitamos no es más performance, sino más autenticidad. Ser capaces de aceptar que la vida incluye brillo y sombras, mariposas en el estómago y basurita bajo el tapete.
No se trata de ir mostrando nuestras miserias al mundo, pero tampoco de esconderlas detrás de filtros. Porque vibrar alto no significa negar lo que duele, sino integrar todo lo que somos. Saber con quién podemos soltar lo que pesa y cuándo elegir mostrarnos tal cual, sin tanto disfraz.
Así que sí: vibremos alto. Pero vibremos en sintonía con la realidad, con lo que sentimos de verdad. Porque cuando el alma está triste, ni el mejor filtro de Instagram alcanza.
Mariana C.


Deja un comentario