El gran dilema de ser adulto…

Ser adulto no vino con contrato, manual de usuario ni términos y condiciones. Un día simplemente nos dimos cuenta de que ya no teníamos que pedir permiso para salir… pero a cambio llegaron las cuentas por pagar, las citas médicas, la renta, los seguros y un sinfín de responsabilidades que, seamos honestos, no siempre están padres.

Y claro, siempre existe la tentación de seguir postergando la madurez: depender económica, emocional o incluso físicamente de alguien más. Pero si de verdad queremos llamarnos adultos —y más aún, adultos funcionales— necesitamos echar mano de nuestra inteligencia emocional para navegar lo bueno, lo regular y lo francamente incómodo que trae consigo la vida.

Ser adulto implica aceptar que no todo lo que soñamos de niños se va a cumplir. Que la “vida perfecta” probablemente no exista. Que más bien se trata de aprender a amar nuestra imperfección y hacer las paces con ella.

También significa reconocer que, aunque somos seres sociales, en el fondo estamos solos con nuestras decisiones. Y no, no es una tragedia: cuando se asume con madurez, puede ser profundamente liberador. Porque tomar las riendas de nuestra vida nos da algo que nadie más puede: la certeza de que lo que decidimos, con sus consecuencias, responde a nuestros propios deseos y no a los de alguien más.

Eso no significa vivir aislados. Al contrario: la verdadera adultez consiste en tomar decisiones conscientes y libres que nos permitan construir relaciones sanas, con nosotros mismos y con los demás.

La adultez no se estrena con una edad específica, se construye todos los días: cuando pagamos cuentas y lavamos platos, cuando nos levantamos temprano aunque no queramos, cuando nos rompemos el corazón y aprendemos a recomponerlo, cuando sabemos poner límites y también reconocer cuando los cruzamos, cuando comemos ensaladas toda la semana y luego dos hamburguesas con papas “porque sí”, cuando nos equivocamos, pedimos perdón, empezamos otra vez.

Ser adulto es vivir entre lo práctico y lo emocional, entre lo que nos sostiene y lo que nos hace soñar. Es aprender que podemos elegir nuestras batallas, nuestras compañías y hasta nuestras suegras (a veces). Con hijos o sin ellos, con proyectos que quitan el sueño o con trabajos que pagan la renta, con dolores en lugares que ni conocíamos o con planes que nos llenan de ilusión.

La adultez, en realidad, es conciencia. Es saber que la vida no está diseñada para ser fácil, pero sí para ser nuestra.

¿Le entras?

Mariana C.

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