De niños nos imaginamos un futuro lleno de certezas: la carrera soñada, la casa ideal, el viaje planeado, la vida “perfecta”. Y en medio de ese plan también diseñamos —sin saberlo— una idea de lo que debería ser el amor. Pero aquí está el detalle: esas ideas nacieron de lugares poco realistas.
Nuestra “educación sentimental” se construyó con cuentos de princesas, novelas rosas y telenovelas mexicanas donde todo es drama, lágrimas y reconciliaciones espectaculares. Hoy las cosas no han cambiado tanto: seguimos viendo historias de amor editadas, pero ahora en TikTok, Netflix o reels. Todo parece perfecto… hasta que nos toca vivirlo en carne propia y descubrimos que la vida real no viene con guión ni final feliz garantizado.
Y entonces llega la pregunta de siempre: ¿qué hicimos mal?
La respuesta es compleja, pero hay patrones claros.
El casting lo hacemos mal
Muchos elegimos pareja con menos detalle que cuando pedimos un café en Starbucks. Si alguien nos habla bonito, ya sentimos que “es por ahí”. El problema es que la atracción inicial no siempre alcanza.
Hay que conocer de verdad a la persona: de dónde viene, qué busca, qué sueña y si eso puede empatar con lo que queremos para nosotros. Si no, lo que empieza con mariposas termina en un “¿cómo acabé aquí?”.
Inventarnos historias
Otro error frecuente: inventarnos relaciones que no existen. Nos cegamos frente a red flags con frases tipo “pero tiene muchas cosas buenas”. Y aunque en el fondo sabemos que algo no está bien, preferimos justificar… hasta que la realidad nos alcanza. Fingir que no pasa nada nunca ha salvado a nadie de un corazón roto.
La prisa no ayuda
¿Quién dijo que a la tercera cita hay que formalizar? ¿O que a los tres meses ya hay que hablar de boda?
Cada relación tiene su ritmo, y apresurar las cosas rara vez termina bien. El amor necesita tiempo, paciencia y honestidad para crecer de manera sana.
El verdadero reto empieza después
Porque aunque hagamos “el casting perfecto”, la vida en pareja es mucho más que la emoción del inicio. Implica negociar espacios individuales y proyectos en común, lidiar con familias, dinero, celos, amistades y planes a futuro. Y sobre todo implica trabajar en nosotros mismos para no caer en la trampa de la codependencia o la toxicidad disfrazada de amor romántico.
El aprendizaje detrás del caos
Las relaciones amorosas son, probablemente, las más complicadas que viviremos. Y al mismo tiempo, las que más nos enseñan. Nos enfrentan con nuestras sombras, con nuestra necesidad de aprobación, con nuestros límites (o la falta de ellos).
Enamorarnos de quien “no debemos” no siempre es un fracaso. A veces es una lección, un espejo y un recordatorio de que, antes de buscar al amor correcto, necesitamos construir una relación sana con la persona más importante de todas: nosotros mismos.
Mariana C.


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