Ser luz en medio del caos

Hace unos años, la escritora Elizabeth Gilbert relató una escena en un autobús urbano de Nueva York que parecía sacada de una película. El tráfico detenido, el cansancio y la rabia colectiva convertían aquel espacio en un lugar tenso, casi insoportable. Entonces, el conductor decidió hacer algo diferente: ofreció a cada pasajero la posibilidad de “dejarle” sus problemas al bajar, para después arrojarlos al río Hudson. Un gesto simple, casi simbólico, pero que transformó por completo la energía dentro del autobús.

Ese día, ese hombre se convirtió en la luz en medio del caos. Y lo hizo con lo único que tenía a la mano: sus palabras, su presencia y la voluntad de aliviar a otros.

La posibilidad de ser calma

Vivimos en un mundo que constantemente nos reta: noticias abrumadoras, cargas personales que parecen no tener fin, incertidumbre, frustración y, a veces, una sensación de oscuridad que lo cubre todo. En ese contexto, puede surgir la pregunta: ¿qué puedo hacer yo para cambiar algo tan grande?

La respuesta puede parecer pequeña, pero es profundamente poderosa: ser calma. Ser pausa. Ser luz.

Una sonrisa genuina, un gesto amable, un “buenos días” dicho con sinceridad pueden parecer detalles sin importancia, pero tienen el poder de cambiar el curso de un día entero. No resolverán el tráfico ni acabarán con la violencia, pero sí pueden recordarle a alguien que aún existe humanidad en medio de la prisa y del ruido.

Luz que no presume

Ser luz no significa ser perfecto ni tener todas las respuestas. Mucho menos fingir optimismo forzado. Significa estar presente, con autenticidad, y ofrecer desde lo cotidiano un rayo de esperanza. Una calma en medio del caos.

Ese conductor de autobús no era un líder famoso ni un gran orador. Era alguien común, que decidió hacer un acto extraordinario en un día ordinario. Eso es lo que lo volvió inolvidable.

Encender la chispa

Quizás no podemos solucionar los grandes problemas del mundo, pero sí tenemos influencia en los pequeños mundos que habitamos: la familia, los amigos, los colegas, incluso desconocidos con los que cruzamos miradas en un elevador o en un transporte público.

Cada sonrisa, cada palabra amable, cada pausa consciente que regalamos puede convertirse en chispa. Una chispa que ilumine el día de alguien más, aunque nunca lo sepamos.

La invitación

Elizabeth Gilbert lo dice con claridad: “Creo que ésta es la única manera en que el mundo será iluminado, un brillante acto de gracia a la vez, hasta llegar al río.”

El reto es atrevernos a encender esa luz, una y otra vez. Porque a veces, la única claridad que alguien encontrará en su día puede venir de nosotros.

Mariana C.

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