Silencio

Autos, notificaciones, juntas de Zoom, mensajes, redes sociales, cuentas por pagar, noticias, pendientes, memes, compromisos, más redes, más pendientes… vivimos rodeados de estímulos que no se detienen nunca. Y aunque muchos de ellos no hacen ruido en el sentido literal, todos producen algo mucho más agotador: ruido mental.

Ese ruido que no te deja pensar con claridad.

El que te despierta a las tres de la mañana con la mente corriendo entre preocupaciones y listas de cosas por hacer.

El que te hace sentir que estás en mil cosas a la vez, pero que en realidad no avanzas en ninguna.

El ruido confunde, complica, desgasta. Nos aleja de lo esencial.

El ruido que no se ve

El ruido interno es aún más dañino que el externo porque nos desconecta de lo que realmente importa: nuestros sueños, nuestras ideas, nuestras corazonadas. Y, aunque lo olvidemos, todas esas corazonadas son reales.

Un estudio de la Universidad de Toronto publicado en Journal of Experimental Psychology: General reveló que el corazón late distinto al momento de tomar decisiones, y que su ritmo cambia según si la decisión es correcta o no. Es decir: el cuerpo sabe antes que la mente.

Lo curioso es que esta sabiduría siempre ha estado ahí, pero la hemos ido silenciando con tanto ruido externo.

Recordar lo que ya sabíamos

De niños lo entendíamos mejor. El cuerpo nos hablaba con claridad:

El hoyo en el estómago cuando hacías algo a escondidas de tus padres. El nudo en la garganta antes de un regaño. El cosquilleo antes de un examen. Las mariposas en el primer beso.

El cuerpo siempre habla. Solo que ahora nos cuesta escucharlo.

Volver al silencio

Cuando callamos el ruido externo, incluso por unos minutos, abrimos espacio para conectar con esa sabiduría interna que nunca se fue. Escuchar al cuerpo nos ayuda a regular emociones, a tomar mejores decisiones y a confiar en nuestra intuición como guía para los caminos inciertos de la vida.

El silencio no es ausencia: es presencia. Es la posibilidad de entrar en contacto con lo que sentimos, con lo que sabemos y con lo que somos.

La invitación

No necesitas horas. Basta con unos minutos al día para cerrar los ojos, respirar y escuchar:

¿Cómo se siente mi cuerpo con esta decisión?

¿Dónde siento tensión? ¿Dónde siento calma?

¿Qué me está tratando de decir?

Porque la sabiduría que tanto buscamos afuera ya la llevamos dentro. Solo necesitamos silencio para escucharla.

Mariana C.

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