El arte de decir NO

Crecer está lleno de “no”.

—¿Puedo ir al cine? No.

—¿Puedo subirme al árbol? No.

—¿Puedo hacerme un piercing? No.

La mayoría de nosotros escuchamos tantos “no” en la infancia que terminamos asociando esa palabra con limitación, represión o castigo. Nos enseñaron que el “no” es un muro que frena nuestra libertad, cuando en realidad muchas veces fue un escudo, una forma de cuidado y de protección.

El problema es que esa connotación negativa se queda guardada. Y así llegamos a la adultez con una relación distorsionada con el “no”: lo evitamos, lo disfrazamos, lo dejamos para después. Decir “no” se vuelve sinónimo de decepcionar, rechazar o hacer sentir mal al otro. Y entonces, en lugar de poner límites, preferimos regalarnos —nuestro tiempo, nuestra energía, nuestra calma— solo para no incomodar a los demás.

El “no” que protege

Con los años, descubrimos que esos “no” que tanto odiábamos eran necesarios. Que a veces poner un límite salva, ordena y da paz. El “no” puede ser un freno, sí, pero un freno que evita choques, que cuida de nosotros y que nos recuerda que no podemos con todo ni con todos.

Decir “sí” siempre suena más bonito, más fácil, más amable. Pero vivir diciendo que sí a todo es como ir cediendo pedacitos de nosotros mismos hasta quedarnos vacíos. El “no” es el lugar desde el cual cuidamos nuestra dignidad, nuestro descanso, nuestra claridad.

El arte de decirlo

Como todo en la vida, aprender a decir “no” es un arte. Y como arte, requiere práctica, sutileza y elegancia. No siempre se trata de soltar un “no” seco y duro. A veces basta con un “gracias, pero no puedo en este momento”, o con un “no, porque necesito descansar”, o simplemente con un silencio que también marca un límite.

Lo importante es entender que decir “no” no nos hace malos, egoístas o insensibles. Nos hace conscientes de nuestra humanidad, de nuestra capacidad de decidir, de nuestro derecho a elegir cómo queremos usar nuestro tiempo y nuestra energía.

La invitación

Tenemos derecho a decir que sí, pero también —y con la misma fuerza— a decir que no. Porque cada vez que lo hacemos de manera consciente, lo que en realidad estamos diciendo es: me respeto, me cuido y me elijo.

Y esa, quizá, es una de las formas más bellas de vivir en pausa.

Mariana C.

Posted in

Deja un comentario