Todos esos locos que llamamos amigos

Dicen —y con razón— que las verdaderas amistades se cuentan con los dedos de una mano… y con mucha suerte, con los de las dos. Y no se preocupen, que si alguien dice que tiene cientos de amigos, seguro está confundiendo a sus contactos de Facebook con la realidad.

La verdad es que en los momentos más inciertos, muchos de esos “amigos” se evaporan como mensajes de Snapchat: aparecen, se asoman y desaparecen sin dejar rastro. O peor, regresan solo para preguntar con tono de chisme, dar opiniones no solicitadas o emitir juicios dignos de un jurado de reality show.

Pero también ocurre la otra cara de la moneda: de pronto, y muchas veces de donde menos lo esperas, aparecen ángeles disfrazados de amigos.

Esa gente que te agarra de la mano (o del pelo, si es necesario) y te saca volando del pozo emocional en el que estabas cayendo. Esa gente se convierte en tu fuerza, en tu sostén, en tu equipo de primeros auxilios para sobrevivir a las pruebas más absurdas y dolorosas que te pone la vida.

El club de la carcajada y la catarsis

Porque, seamos sinceros, un buen grupo de amigos funciona como un centro de rehabilitación improvisado: te enojas, lloras, te ríes, te vuelves a enojar… y terminas llorando de risa por algo que ni siquiera tenía sentido. Cada una de esas carcajadas y desahogos va llenando de nuevo ese espacio vacío que dejó alguien o algo que se fue.

A veces basta con una cena, una llamada, un mensaje de “¿andas despierta?” a la 1:47 am o simplemente alguien sentado a tu lado mientras te desmoronas, para que el peor día de tu vida se convierta en un día más soportable.

La paciencia infinita de la amistad

¿Saben cuántas llamadas inoportunas he hecho a horas indecentes? Muchas.

¿Saben cuántas veces he contado la misma historia, con distintos tonos dramáticos, como si fuera la primera vez? Incontables.

Y ahí estaban ellos: contestando, escuchando, resolviendo el mundo conmigo mientras bebíamos vino tinto (a veces a distancia, con la copa en mano frente a Zoom, como buenas sobrevivientes de pandemia). Nunca recibí un “ya bájale”, ni un “mejor busca terapia”, aunque probablemente lo pensaron más de una vez.

La amistad es así: una mezcla de paciencia, amor y la capacidad de escuchar tus desvaríos por enésima vez como si fueran una novedad.

El verdadero lujo de la vida

Amigos , son ese lujo que no se compra ni con descuentos del Buen Fin. Son los que te recuerdan quién eres cuando se te olvida, los que se ríen contigo incluso cuando el chiste es pésimo, los que te dan un “no” cuando lo necesitas aunque no lo quieras oír, y los que aparecen con pizza o helado justo el día en que lo único que querías era encerrarte a llorar.

Ellos son, sin duda, el verdadero patrimonio emocional de nuestra vida.

A mis amigos, hoy, con pausa y gratitud, dedico estas palabras a quienes me han sostenido, acompañado, sacado carcajadas en los peores días y brindado un amor que no caduca.

Quizás nunca serán del todo conscientes del papel fundamental que juegan en mi vida, pero cada palabra, cada risa y cada desvelo compartido se quedó grabado en mi corazón.

A todos esos amigos que se convierten en familia elegida: gracias infinitas, siempre.

Mariana C.

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