No somos perfectos. Y está bien.

Vivimos en un mundo que nos pide excelencia 24/7:

Sé el empleado estrella, la mamá paciente, la pareja perfecta, la hija ejemplar, la amiga incondicional, la fit girl que desayuna smoothie verde y la ejecutiva que siempre está lista para la junta de las 8 am (sin ojeras, obvio).

El problema es que entre tanta exigencia, aparece un monstruo silencioso que a todos nos muerde alguna vez: sentirse insuficiente.

Porque seamos honestos: probablemente jamás tendremos el abdomen de portada de revista (y está bien), ni seremos la mamá que nunca grita, ni la pareja que siempre sabe qué decir, ni la persona que cocina saludable los siete días de la semana. Y mucho menos tendremos la carrera perfecta, el clóset perfecto o la vida perfectamente equilibrada.

Y aquí va la verdad que nadie nos dice en Instagram: no pasa nada.

Spoiler: nadie es perfecto

Ni la mamá más zen evita perder la paciencia un martes cualquiera.

Ni la más healthy se salva de una hamburguesa bañada en queso (y papas extras, gracias).

Ni la ejecutiva más organizada ignora la idea de renunciar mientras se encierra en el baño a respirar profundo.

Todos, absolutamente todos, tenemos días de quiebre. Solo que en un mundo lleno de filtros, likes y “stories”, parece que eso no existe.

El show de las apariencias

Nos hemos acostumbrado a creer que la gente es lo que publica. Pero la vida real empieza cuando cerramos la app y azotamos la puerta de la casa para aventar los tacones en la sala. Nadie sube esas escenas, aunque ahí es donde de verdad somos.

Y ojo: no es un “problema de millennials” ni de adolescentes en busca de identidad. Es algo que nos atraviesa a todos: grandes, chicos, boomers, centennials, godínez y hasta tías de WhatsApp.

Porque sí, todos quisiéramos ser Angelina Jolie con hijos perfectos y un matrimonio de portada… pero ya vimos cómo acabó esa historia.

La dosis de realidad (y la buena noticia)

La vida diaria se encarga de recordarnos que la perfección no existe. Pero eso no debería llevarnos a creer que no somos suficientes. Porque lo somos. Siempre lo hemos sido.

Suficientes para nuestros hijos aunque nos vean pedir pizza tres veces por semana.

Suficientes para nuestros amigos aunque no contestemos el chat al instante.

Suficientes para nuestros sueños, aunque no salgan en orden ni en el tiempo que planeamos.

Y, sobre todo, suficientes para nosotros mismos.

La invitación

Dejemos de buscar la validación afuera. La verdadera pausa llega cuando entendemos que lo único que necesitamos es reconocernos, abrazarnos y decirnos:

“No seré perfecto… pero soy suficiente.”

Mariana C.

Posted in

Deja un comentario